17/05/2012
COLUMNISTA : Rodolfo "Froid" Fotini
Maldita globalización
Durante poco más de dos semanas, estuve disfrutando de la belleza natural y cultural del noroeste del país. Desde La Rioja, pasando por Catamarca, Tucumán, Salta y finalizando en Jujuy, se pueden recorrer infinidad de caminos, se aprecian múltiples colores, aromas, sabores y sonidos. Cada lugar conserva algo propio, único e irrepetible; toda la región invita a descubrir historias, mitos y leyendas.
Hace más de cinco años tuve la suerte de viajar por primera vez a dicha región, quedando impactado por cada uno de los pueblos y ciudades que pude visitar. En aquella oportunidad, el viaje me permitió entre otras cosas apropiarme de los paisajes al llevarlos conmigo en la memoria. Pero algunos de esos recuerdos empezaron a tornarse difusos a medida que ante mis ojos aparecían nuevamente los paisajes, como me sucedió en Iruya: un pueblo fundado en el año 1753, ubicado a 320 km de la capital salteña, a 2.780 metros sobre el nivel del mar, al cual se accede únicamente pasando por la provincia de Jujuy, y transitando por caminos de tierra llegando a los 4 mil metros de altura, en el límite de la provincia de Salta y Jujuy en lo que se conoce como “Abra del Cóndor”. Allí, donde se mezcla la cultura aborigen con la cultura hispánica, observé un detalle, ahora un nuevo recuerdo, que jamás dejará de sorprenderme: un cajero automático. La propaganda del banco que logró la instalación del primer cajero en medio de este pueblo que pareciera pintado en la montaña y detenido en el tiempo, refiere que “el capital más importante no es el dinero, sino el país”. Y me pregunto si es justo que un simple turista como yo que le gusta recorrer el país, se sienta mal porque un lugar único ya no es el que era. Es fuerte la imagen de un cajero automático en un pueblo como Iruya, bien alejado de los centros urbanos. Sin embargo, por otro lado, pienso que las posibilidades de crecimiento también deberían ser para todos, a pesar de que el paisaje natural, de calles angostas y empedradas, con casas construidas de adobes, piedras y paja, se vea pisoteado por el avance furioso y desmedido de la globalización. Tal vez, la próxima vez que vuelva al Noroeste me siga sorprendiendo con el crecimiento poblacional, la variedad de servicios y el auge de las nuevas tecnologías; ojalá, que los pueblos puedan seguir progresando, pero tratando de resistir y de conservar la tradición, la impronta que cada lugar tiene. En una de esas, la Pachamama se apiada y nos da una tregua. Por el momento, me consuela poder escribir: maldita globalización.
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