Desde París

La historia puede ser una salvación o una condena. El presidente francés, Emmanuel Macron, cayó en la trampa de la historia sombría de la Segunda Guerra Mundial que aún persiste como una herida abierta. Voluntaria o accidentalmente, el mandatario resbaló por la cuesta traumática en cuyo fondo se encuentra uno de los personajes más controvertidos del Siglo XX francés: el notorio colaboracionista Mariscal Pétain, condenado a muerte por “indigno” en 1945 por haber generosamente colaborado con el nazismo que ocupó Francia en aquellos años.

Salvó su vida por la gracia presidencial otorgada por el General De Gaulle. A Macron se le ocurrió decir que Pétain, durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) “fue un gran soldado, eso es una realidad. Al igual que la naturaleza humana, la vida política suele ser más compleja de lo que querríamos creer”. Con ello, mientras Macron realizaba una gira por los lugares más emblemáticos del primer conflicto mundial en el marco de las celebraciones del Armisticio de 1918, el presidente parece que quiso separar las dos facetas del Mariscal: “Se pudo haber sido un gran soldado en la Primera Guerra Mundial y haber tomado decisiones funestas en la Segunda”, dijo. 

El problema es que entre el soldado de la Primera, particularmente el de la batalla de Verdún, y el aliado de los nazis exterminadores en la Segunda hay un abismo de realidades indisolubles. Una de ellas se llama el holocausto, Auschwitz, decenas de millones de muertos y un régimen, el de Vichy, a cuya cabeza estaba Pétain, que prestó su mano al acto de barbarie más imborrable e injustificable de la historia europea del Siglo XX. La bomba de la polémica explotó enseguida pese a que, cuando trascendió el programa de conmemoraciones en el que se preveía rendir un homenaje a los Mariscales de la llamada Gran Guerra, entre los cuales estaba Pétain, algunos comentaristas pusieron de relieve el carácter inoportuno de esta iniciativa. Antes de que Macron pronunciara su frase, el periodista especializado en temas militares, Jean-Dominique Merchet, reveló que el Palacio presidencial no deseaba esta ceremonia. Merchét citó incluso una fuente de la presidencia que decía: “si se le hace un homenaje a Pétain vamos a tener polémicas con La Francia Insumisa (izquierda radical de Jéan-Luc Mélenchon) o la comunidad judía”. 

Asimismo, el portal de información Mediapart adelantó que estos homenajes a los Mariscales previstos para el 11 de noviembre y luego adelantados al 10 eran un deseo del Estado Mayor francés y que el nombre de Pétain se “deslizó” sin que el mandatario diera su acuerdo. Tras algunas ideas y venidas, la presidencia hizo saber que Macron no participaría en ese acto preciso y que el homenaje se limitaría únicamente a los Mariscales enterrados en Los Inválidos (Foch, Lyautey, Franchet d’Esperey, Maunoury et Fayolle).

Sin embargo, la frase de Macron resultó más nociva que su presencia en esas ceremonias conmemorativas. Quizá para cerrar la ola de chismes y especulaciones el Jefe del Estado se metió en el laberinto del Pétain de la Primera y el colaboracionista de la Segunda. Saltar la controversia le hubiese permitido sacar mucho provecho de la jornada principal de conmemoraciones, es decir, el mismo 11 de noviembre cuando se celebran los cien años del Armisticio con la presencia, entre otros, del presidente norteamericano Donald Trump y del ruso Vladimir Putin (ver aparte). 

 Como estaba previsto, La Francia Insumisa y el Consejo representativo de las instituciones judías de Francia (Crif) salieron a despellejar al presidente. “Pétain es inelegible para cualquier homenaje”, dijo Francis Kalifat, presidente del Crif. En cuanto a Macron y su equipo, ambos escenificaron la metodología tan de moda que consiste en echarle la culpa al mensajero y no al autor del mensaje, atiéndase, a la prensa. Primero, el portavoz del gobierno salió a decir que el homenaje era “legítimo” para más tarde aclarar que “nunca se trató de rendir un homenaje a Pétain. Si hubo una confusión es porque no fuimos lo suficientemente claros”. El presidente se explicó más tarde responsabilizando a los medios, a quienes acusó de “crear polémicas solitos”. 

El Mariscal Pétain es una figura con dos rostros. Héroe en una guerra, Monstruo mayúsculo en la otra. Está considerado además como un traidor porque con su aura del conflicto el 14 al 18 engañó a su pueblo en la Segunda Guerra Mundial. Cualquier mención elogiosa a su huella es interpretada “como una reivindicación del régimen de Vichy”, asegura en el semanario Le Nouvel Observateur la historiadora, biógrafa de Pétain y especialista de la Segunda Guerra Mundial Bénédicte Vergez-Chaignon.

En realidad, es lícito recordar que esta exaltada polémica no hace de Emmanuel Macron el único presidente francés que separa las dos fases de Pétain. Jacques Chirac (1995-2007) reconoció varias veces el papel fatídico de Pétain durante la Segunda Guerra Mundial al tiempo que reconocía sus méritos en el conflicto que sacudió a Europa entre 1914 y 1918: “seguirá siendo el hombre de Verdún” (la batalla decisiva contra los alemanes donde Francia demostró que no se doblegaría ante el invasor), dijo Chirac.

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el General De Gaulle también destiló algunos elogios hacia el personaje, a pesar de que fue su principal enemigo a lo largo del conflicto. Y el mismísimo presidente socialista François Mitterrand (1981-1995) solía enviar cada 11 de noviembre un ramo de flores a su tumba. Mitterrand tenía un pasado oculto que lo ligaba al régimen colaboracionista de Vichy: fue funcionario de Pétain y hasta recibió una medalla al mérito. Ya lejos en el tiempo, según sea como héroe o como traidor, el Mariscal continúa sacudiendo el presente desde su tumba.